
Guerra civil española, (1936-1939), conflicto bélico que se inició en julio de 1936 por la sublevación de un sector del Ejército frente al gobierno de la II República Española, y que concluyó con la victoria de los sublevados el 1 de abril de 1939.
Cuestiones terminológicas
Aunque, sobre todo desde 1960, para definir el conflicto se prefiere la denominación ‘guerra civil’, ésta no fue la única en la historia española, por lo que no define el acontecimiento de forma exacta. También recibió otros nombres: movimiento cívico militar, Cruzada, guerra de tres años, guerra nacional y revolucionaria del pueblo español, entre otros. La “guerra de tinta”, en expresión de Salvador de Madariaga, fue desde el principio una guerra de propaganda con dos tipos de valoraciones propiciadas desde los dos bandos participantes en el enfrentamiento.
De los tres días de julio a la guerra larga
Desde el primer momento el territorio nacional quedó dividido en dos zonas en función del éxito que obtuvieron los militares sublevados. Las unidades militares de Marruecos que no controlaba el gobierno republicano se hicieron pocas horas después con Tetuán y Ceuta. Desde el día 18 ni el gobierno ni los rebeldes controlaban la totalidad del país. El mapa inicial dejaba en manos de los sublevados parte de Castilla la Vieja, León, Galicia, Cáceres, poblaciones de Andalucía, oeste de Aragón, Navarra, Baleares y Canarias. El gobierno conservaba: el País Vasco, Cantabria, Asturias, Castilla la Nueva, Cataluña, Levante y el resto de Andalucía. Conforme avanza la contienda, la zona republicana perdía territorio que, desde finales de marzo de 1939, pasó integro a disposición del ejército franquista.
De cualquier forma, el comienzo de la guerra estuvo vinculado al plan establecido previamente por los conspiradores en la primavera de 1936 y en el que participaron mandos militares —la antirrepublicana Unión Militar Española (UME) y la Junta de generales (en la que Emilio Mola era el coordinador)— monárquicos, tradicionalistas y otros sectores de extrema derecha. El asesinato el 13 de julio de José Calvo Sotelo, líder del derechista Bloque Nacional y participante activo en la conspiración contra el gobierno, fue el episodio previo al pronunciamiento militar.
Durante este trienio las operaciones militares permiten establecer un desarrollo cronológico, desde el paso del estrecho de Gibraltar por las tropas del ejército de África con el general Franco al frente (julio-agosto de 1936), con tres fases principales. Mola, a su vez, lograba cortar la frontera francesa al ocupar Irún.
La segunda fase no abandonó la marcha sobre Madrid. Pero la batalla de Guadalajara (marzo de 1937) se saldó con el éxito republicano, que tuvo presente el plan de ofensiva general previsto por José Miaja, frente a las tropas enviadas por Italia. Con el apoyo decisivo de la aviación integrada en la Legión Cóndor alemana, que ocasionó una salvaje agresión a Guernica (abril de 1937), las tropas rebeldes rompían las defensas (el llamado ‘cinturón de hierro’) de Bilbao poco después de fallecer el general Mola en accidente de aviación.
La ofensiva final (febrero-marzo) debía quebrantar las posiciones republicanas todavía pendientes, situadas en la zona centro-sur. Fracasó el criterio del jefe de gobierno, Juan Negrín, de mantener la resistencia tras la creación en Madrid del Consejo Nacional de Defensa.
Este organismo que encabezaba el jefe del Ejército del Centro, coronel Segismundo Casado, opuesto a la intención de Negrín procuró alcanzar una paz honrosa con el gobierno franquista de Burgos después de hacerse con el control de Madrid tras un cruento enfrentamiento entre las propias tropas republicanas. El 28 de marzo las tropas franquistas entraban en Madrid. Tres días más tarde el gobierno republicano veía caer las últimas plazas todavía fieles. El 1 de abril la guerra había terminado, no así las represalias.
Desarrollo político de la contienda
Si toda guerra reclama prestar atención a los ‘hechos de armas’, también conviene atender a la trama política que, como en este caso, determinó las actuaciones de cada bando. Por parte del gobierno republicano, la jefatura pasó sucesivamente de manos de José Giral (19 de julio de 1936) a Francisco Largo Caballero (5 de septiembre de 1936) y de éste a Juan Negrín (desde el 18 de mayo de 1937 hasta el final de la guerra) que bien puede definirse como una pugna entre dos prioridades: desarrollar un proceso revolucionario o apostar por ganar la guerra primero.
Tan pronto como Giral asumió las responsabilidades de gobierno, la autoridad del poder central se descompuso y se crearon numerosos poderes locales de carácter popular y espontáneo que generaron divisiones intensas y supusieron la pérdida de la unidad política e incluso militar en el ámbito republicano.
Largo Caballero hizo cuanto pudo por controlar la situación revolucionaria y formó un gobierno de concentración con presencia de socialistas, comunistas, una minoría de republicanos y nacionalistas vascos y catalanes. Dos meses después incorporó a cenetistas (militantes de la central obrera anarcosindicalista CNT, Confederación Nacional del Trabajo), cuya fuerza era destacada en Aragón, Cataluña y Levante.
Con todo, el enfrentamiento entre las dos tendencias arriba aludidas (revolución o guerra) —y ello pese a que durante el gobierno de Largo Caballero mejoró la coordinación en el Ejército— dio al traste con esta experiencia porque fue incapaz de amainar los enfrentamientos entre las tendencias de la coalición gubernamental.
El presidente de la República, Azaña, puso las riendas del gobierno en manos de Negrín, que pronto sería acusado de estar dominado por los comunistas. Pero la batalla de Teruel desencadenó una nueva crisis gubernamental en abril de 1938. En el nuevo gabinete de Unidad Nacional, Negrín tomó también la cartera de Guerra, que antes desempeñó el socialista Indalecio Prieto. Estas condiciones propuestas por Negrín en las Cortes reunidas el 1 de febrero de 1939 en el castillo de Figueres (Girona), no fueron aceptadas por el gobierno de Burgos, que presumía concluir la guerra en breves días.
La primera y pronta medida adoptada por los insurrectos fue la creación de la Junta de Defensa Nacional, el 24 de julio de 1936, que presidió el general Miguel Cabanellas e integraron los generales Emilio Mola, Fidel Dávila, Antonio Saliquet, Miguel Ponte y los coroneles Moreno y Montaner.
En agosto se unió a la misma el general Franco. Esta medida tuvo su complemento en el Decreto de Unificación (19 de abril de 1937) por el que se creaba la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (FET de las JONS), único grupo legal del nuevo régimen que ya se denominaba a sí mismo como ‘Movimiento Nacional’ que fundía los núcleos falangistas y tradicionalistas (carlistas), operación que agudizó las tensiones latentes entre los falangistas desde que fue ajusticiado José Antonio Primo de Rivera, fundador y jefe nacional de Falange Española de las JONS. En enero de 1938 nacía el Gobierno Nacional al que Franco incorporó militares, falangistas, tradicionalistas y monárquicos.
La internacionalización del conflicto
Si bien es cierto que la guerra comenzó como un conflicto interno “nacido en suelo español y a la manera española” (en palabras de Salvador Madariaga), por sus raíces ideológicas no pudo mantenerse ajeno al entorno internacional. Hoy nadie pone en duda que la intervención extranjera contribuyó tanto a prolongar la contienda como al futuro del ‘Movimiento Nacional’. Tras una fase de urgencia (meses de julio-agosto), cuando el gobierno Giral solicitó el auxilio del gobierno del Frente Popular francés y los rebeldes concretaban el inicial apoyo prestado por Italia (gobernada por Mussolini) y Alemania (con Hitler en el poder), en seguida fraguaron los apoyos.
El Frente Popular español contó con el apoyo inicial de Francia y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Por su parte la Unión Soviética, tras comprobar la participación activa y directa de italianos y alemanes rechazó la política de no intervención. Fundamental fue su apoyo en blindados, aviones y equipos de asesores militares. Entre los auxilios recibidos por el gobierno republicano merecen recordarse las Brigadas Internacionales. El escritor francés André Malraux narró su participación en L’Espoir.
Para salvar estas lagunas nació en septiembre de 1936 el Comité de Londres, que integraban los embajadores residentes en la capital británica intentando reducir el conflicto al ámbito nacional. Por lo que se refiere al apoyo soviético, la financiación de los suministros bélicos entregados al gobierno republicano se relacionó con las reservas del Banco de España. Mientras éste recibió a crédito suministros alemanes e italianos, que fueron abonados en parte después de finalizar la guerra, el gobierno republicano agotó las reservas para pagar la ayuda soviética.
En un nivel inmediatamente inferior se puede considerar como consecuencia destacada el elevado número de exiliados producidos por el conflicto, cuyas principales figuras políticas constituyeron durante muchos años el gobierno republicano en el exilio.
Consecuencias bélicas
La principal consecuencia de la Guerra Civil española fue la gran cantidad de pérdidas humanas (tal vez más de medio millón), no todas ellas atribuibles a las acciones propiamente bélicas y sí muchas de ellas relacionadas con la violenta represión ejercida o consentida por ambos bandos, entre las que se pueden incluir también las muertes producidas por los bombardeos sobre poblaciones civiles. En un nivel inmediatamente inferior se puede considerar como consecuencia destacada el elevado número de exiliados producidos por el conflicto, cuyas principales figuras políticas constituyeron durante muchos años el gobierno republicano en el exilio.
En lo que respecta al aspecto económico, las consecuencias principales fueron: pérdida de reservas, disminución de la población activa, destrucción de infraestructuras, fábricas y viviendas, lo que provocó una disminución de la producción y, en fin, hundimiento parcial del nivel de renta. La mayoría de la población española hubo de padecer durante la contienda y, tras terminar ésta, a lo largo de las décadas de 1940 y 1950, los efectos del racionamiento y privación de bienes de consumo.